Giuseppe Piazzi
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Nació en Ponte en
Valtellina el 16 de Julio de 1746. Tomó
su noviciado en Milán para finalmente terminar sus estudios en
el convento de San Antonio. Sus estudios los llevó a cabo en
diversas ciudades como Milán, Turín, Roma y Génova
donde, entre otras, tomó lecciones de matemáticas y
astronomía.
En 1779 fue profesor de teología en Roma y en 1780 fue llamado
para ocupar la cátedra de matemáticas en la academia de
Palermo. Estando en esta ciudad consiguió el patrocinio para la
construcción del observatorio de Sicilia. Como director del
observatorio se encargó de conseguir el instrumental necesario.
Se trasladó a Paris en donde estudió con Lalande y a
Inglaterra con Maskelyne.
En 1789 llegaron a Palermo un círculo vertical y otros
dispositivos colocándolos en la torre del palacio real. Con los
primeros trabajos se corrigieron errores en la estimación de la
oblicuidad de la eclíptica, de la aberración de la luz,
de la duración del año tropical y del paralelaje de
estrellas fijas. En 1803 publicó una lista de 6784 estrellas y
en 1814 una de 7646 con corrección de sus paralelajes.
Circulo Vertical de Palermo
Animado por la posesión del círculo de 5 pies, cuya
exactitud fue creída ser muy superior a la de cualquier otro
instrumento en existente, Piazzi centró su programa
científico sobre la medida exacta de posiciones estelares.
El primero de Enero de 1801 durante un trabajo de observación
estelar observó un cuerpo de magnitud 8 que al seguirlo cada
noche cambiaba de posición, al principio pensó en un
cometa y así lo informó inicialmente. Su técnica
de observación implicó que cada estrella debería
ser observada por lo menos cuatro noches, antes de que su
posición pudiera ser establecida.
Con las medidas obtenidas Gauss calculó su órbita
encontrando que correspondía a la de un nuevo planeta entre
Marte y Jupiter. Piazzi propuso el nombre de Ceres Ferdinandea, en
honor al rey. Dado su poco brillo y distancia, se calculó que
Ceres debía ser asimismo muy pequeño, más
pequeño que cualquier otro planeta. Las últimas cifras
muestran que tiene 1.025 kilómetros de diámetro.
A mediados de febrero el objeto entró en el cielo diurno. Ya no
era posible observarlo, y como no se podía predecir dónde
iba a estar más adelante, el objeto se perdió.
Tanto revuelo causó el descubrimiento y pérdida de Ceres,
que muchos astrónomos se impusieron la tarea de recuperarlo
cuando fuera posible, y hasta Napoleón, en el campo de batalla,
discutió con Pierre Simon de Laplace, físico,
astrónomo y matemático francés, cómo
debía llamarse el nuevo astro y se congratuló de que el
descubrimiento lo hubiera hecho un italiano.
Este trabajo cuidadoso dio lugar a la publicación, en 1803, de
su primer catálogo de la estrella. Por este trabajo, recibido
por Lalande como "el trabajo astronómico más importante
publicado desde hacía mucho tiempo," le concedieron el premio
French Acadèmie des Sciences, y fué electo para la
sociedad real.
En 1812 recibió el encargo de reformar los pesos y medidas de
Sicilia de acuerdo con el sistema métrico. En 1817 fue nombrado
director general de los observatorios de las dos sicilias y se
encargó del diseño del observatorio que estaba
estableciendo Murat en Naples.
Sus trabajos mas importantes: "Della specula astronomica di Palermo
libri quatro" (Palermo, 1792); "Sull' orologio Italiano e l'Europeo"
(Palermo, 1798); "Della scoperta del nuovo pplaneta Cerere Ferdinandea"
(Palermo, 1802); "Lezione di astronomia" (Palermo, 1817; tr. Westphal,
Berlin, 1822); "Raggnaglio dal reale osservatorio d'Napoli" (Napoles,
1821).
Murió en Naples el 22 de Julio de 1826.
Movimiento Propio
La velocidad de una estrella concerniente al sol se puede dividida en
componentes perpendiculares: la velocidad radial y velocidad
transversal. Los resultados transversales de la velocidad en un cambio
de la posición angular, que se puede medir en arco segundos por
año. Esto se llama el “movimiento propio” de la estrella,
denotado así: Si la estrella está situada en una
distancia d, entonces la velocidad transversal v será:
Donde el factor 206265 convierte de arco segundos por año a
radianes por año.
Cuando d está expresada en términos de paralaje p, i.e,:
dónde A es una unidad astronómica y p es medida en arco
segundos,
Finalmente, si A es expresada en kilometros y el año es
expresado en segundos la expresión se convierte en:
km/s.
Retroalimentación
La sospecha de Kepler
¿Enero de 1801? Bueno, esa sería la fecha de partida
formal, pero las raíces de esta historia se remontan un par de
siglos más atrás. Allí nos encontramos con uno de
los grandes personajes de la astronomía: el alemán
Johannes Kepler. En 1596, mientras estudiaba las distancias relativas
entre los planetas, Kepler se enfrentó a un dato bastante
llamativo: entre Marte y Júpiter, había un bache
demasiado grande. Ningún planeta y muchísimo espacio (en
números, más de 500 millones de kilómetros). El
dato era incómodo, más para Kepler que creía que
el Sistema Solar estaba muy bien armadito. Semejante laguna de nada era
toda una desprolijidad. Entonces, lanzó su hipótesis:
“entre Júpiter y Marte yo interpongo un planeta”, dijo. Pero
este supuesto planeta nunca apareció: en lugar de eso, los
astrónomos tuvieron que conformarse con una colección de
grotescas rocas espaciales. Aunque para eso, todavía faltaba.
Una curiosa fórmula
A mediados del siglo XVIII, y tras los pasos de Kepler, muchos
astrónomos europeos continuaban la búsqueda del planeta
ausente. Cuando muchos comenzaron a perder las esperanzas, en 1766, el
alemán Johann Titius utilizó la matemática para
reavivar el fuego de la cacería. Titius observó que los
cuatro primeros planetas (Mercurio, Venus, Tierra y Marte) orbitan al
Sol a distancias –expresadas en unidades astronómicas (UA), la
distancia entre la Tierra y el Sol– a las que podía llegarse por
medio de una sencilla fórmula: 0,4 + (0,3 UA x N), donde N se
duplica con cada planeta a partir del Sol (0 para Mercurio, 1 para la
Tierra, 2 para Venus y 4 para Marte). Las cuentas funcionaban bien,
pero fallaban al llegar al quinto planeta: si a Júpiter se le
daba el valor de 8, como aparentemente debía ser, el resultado
de su distancia al Sol daba 2,8 UA, aunque en realidad era el doble de
eso. Pero todo funcionaba perfectamente si se dejaba ese casillero
vacío, y a Júpiter se le daba un valor de 16, y a
Saturno, de 32. Por lo tanto, la “ley” sugería la presencia de
un planeta entre Marte y Júpiter, y también, su distancia
(esas 2,8 UA).
Casualmente, casi al mismo tiempo, otro astrónomo alemán,
Johann Bode, llegó a la misma fórmula. Por eso, desde
entonces, se habla de la “Ley de Titius-Bode”.
Poco más tarde, la Ley recibió un fuerte espaldarazo: en
1781, el astrónomo inglés William Herschel
descubrió a Urano. Resulta que si a Urano se le daba un valor de
64, como correspondía según la fórmula, la cuenta
daba casi 20 UA: exactamente la distancia entre este planeta y el Sol
(de todos modos, vale la pena aclarar que la Ley de Titius-Bode se vino
abajo con el descubrimiento de Neptuno y Plutón, que
están mucho más cerca de lo que ella indica).
La policía celeste
La Ley de Titius-Bode, que parecía funcionar, pedía a
gritos la existencia de un planeta entre Marte y Júpiter. Y
bien, a fines del siglo XVIII, un joven noble húngaro se
cansó de las especulaciones, y encaró un estricto plan de
búsqueda: en septiembre de 1800, el barón Franz von Zach
reunió a un grupo de astrónomos, y dividió al
cielo en 24 porciones, otorgándole una a cada uno de sus
colegas. Así nació la “policía celeste”, que eran
ansiosos cazadores planetarios, con el alemán Johann Schroeter
como presidente. La policía celeste creía que el esquivo
planeta debía estar a 2,8 UA del Sol (como sugería la
“Ley de Titius-Bode”), e incluso, había especulado sobre sus
supuestas propiedades orbitales. Ya tenían los datos, ya
tenían los telescopios listos, pero antes de que comenzaran la
búsqueda, y casi por casualidad, un solitario observador
italiano les ganó de mano.
Algo mejor que un cometa
A fines de diciembre de 1800, el monje siciliano Giussepe Piazzi,
director del Observatorio de Palermo, estaba revisando una
rústica carta celeste. Pegado a su pequeño telescopio,
Piazzi iba chequeando uno a uno los puntitos que aparecían en
ese mapa estelar. De pronto, durante la primera noche del siglo XIX,
algo le llamó la atención: en la constelación de
Tauro detectó una “estrella” que no estaba en el mapa. Es
más: durante las noches siguientes, la extraña lucecita
iba cambiando de lugar con respecto al fondo de estrellas. De entrada,
Piazzi pensó que había descubierto un cometa, pero al
cabo de unas semanas, descartó esa hipótesis: el objeto
era nítido y puntual, y no borroso, como los
cometas.Además, se movía más lentamente. El 24 de
enero de 1801, el monje le escribió una carta a su amigo Barnaba
Oriani, un astrónomo de Milán. Y allí le
contó la novedad: “el hecho de que la estrella no esté
acompañada por ninguna nubosidad, y que su movimiento sea muy
lento y uniforme me ha llevado a pensar que, quizás, se trate de
algo mejor que un cometa”. Efectivamente, Piazzi había
encontrado algo mejor, y bautizó a su criatura con el nombre de
“Ceres Ferdinandea”, en honor a la diosa patrona de Sicilia (Ceres), y
a su rey (Fernando). Pero al poco tiempo, el primer asteroide
pasó a llamarse simplemente Ceres.
Palas, Juno y Vesta
Aparentemente, el planeta misterioso había sido finalmente
descubierto. Pero al poco tiempo, los astrónomos se dieron
cuenta que la historia recién comenzaba: en marzo de 1802,
Heinrich Wilhelm Olbers, miembro de la policía celeste,
detectó otro “planeta” mientras observaba a Ceres. Lo
llamó Palas. El recién llegado orbitaba al Sol a una
distancia muy similar a la de Ceres. Eso complicó las cosas:
¿qué hacía otro planeta allí metido? La Ley
de Titius-Bode no lo predecía. Pero a esta altura, muchos
científicos ya decían que a Ceres y Palas, la etiqueta de
“planeta” les quedaba demasiado grande. Es más, los telescopios
apenas los mostraban como puntos sin ningún detalle (a
diferencia de los verdaderos planetas), y por lo tanto, debían
ser mucho más chicos. Entonces, a sugerencia de Herschel, fueron
bautizados “asteroides”, que significa “parecidos a las estrellas” (por
su apariencia telescópica, por supuesto).
Al poco tiempo, Olbers lanzó una curiosa teoría:
según él, ambos asteroides eran los restos de un planeta
que, por alguna razón desconocida, había sido destruido.
Esta teoría catastrófica (y errónea)
pareció fortalecerse unos años más tarde: en 1804,
Karl Harding, otro policía celeste, tropezó con Juno; y
en 1807, nuevamente Olbers, descubrió a Vesta. Y todos habitaban
la misma franja orbital, entre Marte y Júpiter.
“El Cinturón de Asteroides”
Después de los descubrimientos de Ceres, Palas, Juno y Vesta
hubo un largo paréntesis de casi cuatro décadas. Y se
entiende: como no había ningún planeta verdadero, el
entusiasmo inicial se fue diluyendo.
Y además, los mapas estelares de la época no eran muy
buenos como para encontrar objetos tan tenues. Pero hacia mediados del
siglo XIX, los nuevos mapas (como el de la Academia de Ciencia de
Berlín) desataron una impresionante oleada de descubrimientos:
en 1867, la lista ya sumaba 87 objetos, y, como siempre, todos vagaban
entre Marte y Júpiter. A esta altura, ya comenzaba a hablarse
del “Cinturón de asteroides”.
¿Cuántos eran? Nadie lo sabía, pero daba toda la
impresión de que el cinturón estaba formado por un
impresionante enjambre de asteroides. Y la llegada de la
astrofotografía lo confirmó. Durante la última
década del siglo XIX, muchos astrónomos comenzaron a
fotografiar distintas regiones del cielo a la pesca de “trazos” que
pudieran delatar la presencia de más asteroides (en esas fotos
de larga exposición, las estrellas aparecían como puntos,
mientras que los asteroides, como se mueven, se veían como
rayitas). Y probablemente el más exitoso de estos cazadores
fotográficos de asteroides fue Maximilian Wolf, director del
Observatorio Konigstuhl, en Heidelberg, Alemania: en cuarenta
años de paciente tarea, Wolf descubrió nada menos que 231
asteroides. Y la cosa recién comenzaba.
Con el correr del siglo recién pasado, y equipados con mejores
telescopios y mejores técnicas de búsqueda, los
astrónomos se cansaron de descubrir asteroides: ya hay unos diez
mil catalogados. Hoy en día, se trata de una rutina diaria. Pero
más allá de las cantidades, las investigaciones
realizadas durante los últimos años han permitido aclarar
un panorama que parecía sumamente confuso. Por empezar, hay que
decir qué son: tal como lo han confirmado las naves espaciales
que han visitado a algunos de ellos (ver cuadro), los asteroides son
objetos de roca y metal (aunque hilando más fino se puede decir
que hay más de diez clases conocidas, según su
composición) sumamente deformes y desprolijos, cubiertos de
cráteres y cicatrices que delatan un pasado y presente sumamente
violentos. Casi todos giran alrededor del Sol entre las órbitas
de Marte y Júpiter, formando el famoso “Cinturón de
asteroides”.
Hoy en día los astrónomos sospechan que el
cinturón está formado por cientos de miles de rocas
espaciales, algunas gigantescas, como Ceres, el más grande de
todos, que mide casi 1000 kilómetros, y muchísimas
más del tamaño de una montaña, un edificio, o
directamente, míseros cascotes. Pero hay unos cuantos que
deambulan por otros rincones del Sistema Solar, e incluso, algunos que
cruzan irresponsablemente la órbita de la Tierra. Por lo tanto,
son extremadamente peligrosos... y si no, alcanza con ver lo que les
pasó a los dinosaurios.
NOTA ACTUAL:
La sonda NEAR entrará en órbita del asteroide cercano 433
Eros dándonos nuestra primera información detallada
acerca de un asteroide.
¿De dónde salieron los asteroides?
Olbers ya había arriesgado una respuesta cuando hablaba de
un planeta destruido. Su teoría gozó de buena salud
durante mucho tiempo. Sin embargo, actualmente, los astrónomos
creen que, en realidad, el Cinturón de asteroides no es ni
más ni menos que un anillo de materiales que, desde los
principios del Sistema Solar, nunca llegó a formar un planeta.
Probablemente, el culpable haya sido Júpiter, que con sus
impresionantes tirones gravitacionales ha impedido que estos
incontables fragmentos rocosos-metálicos se agrupen en algo un
poco más respetable. De todos modos, y para echarle un poco
más de tierra a la teoría del planeta destruido, los
astrónomos calculan que si se juntaran todos los asteroides,
formarían un objeto de no más de 1500 kilómetros
de diámetro (menos de la mitad de nuestra Luna). Muy poca cosa.
A propósito de todo esto, hay algo sumamente interesante: si
nunca llegaron a formar un planeta, los asteroides son, en cierto modo,
verdaderas reliquias. Por lo tanto, su estudio puede revelarnos
preciosa información sobre los materiales primigenios que dieron
origen al Sistema Solar.
Conclusión.
Sin dudas, la vida de los asteroides es oscura. Siempre han sido
opacados por sus hermanos mayores, los planetas. No hay más que
ver el poco espacio que ocupan en los libros de astronomía, o en
los medios de comunicación, que sólo se acuerdan de ellos
cuando se anuncia alguna supuesta colisión con la Tierra.
Así y todo, aunque cueste creerlo, los asteroides tienen
fans muy fieles: todos los días, en distintas partes del mundo,
muchísimos astrónomos (especialmente, los aficionados) se
divierten buscando, siguiendo y fotografiando a estas pobres rocas
espaciales. Lo de “pobres” no es gratuito: más allá de su
triste aspecto (ver fotos) y de subajo status, su futuro no es muy
luminoso que digamos. Como dijo alguna vez el astrónomo Clark
Chapman, todos ellos están condenados a una carrera de
demolición: tarde o temprano, después de sucesivos
choques entre sí, los asteroides se irán destruyendo unos
a otros, o terminarán estrellándose contra algún
planeta. O, en el mejor de los casos, algún juego gravitacional
los expulsará para siempre de la vecindad del Sol.
Hace doscientos años, un solitario monje y astrónomo
siciliano tropezó con un pálido punto de luz. No era el
planeta que tanto ansiaban sus colegas, pero el descubrimiento de
Piazzi abrió las puertas a un reino inimaginado hasta entonces:
una descomunal colección de objetos de roca y metal, errantes,
oscuros y de formas caprichosas. Nuestra imagen del Sistema Solar
había cambiado para siempre.
Bibliografía
Sitios:
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http://spacewatch.lpl.arizona.edu/.
Adriana Isabel Palma Méndez - CBA
2003II - Chihuahua, Chih.